El origen de las coronas funerarias

Las flores siempre se han percibido con una simbología de la vida; son las generadoras de nueva vida y la resurrección, como resurge la vida tras el invierno.

Por eso, desde la más remota antigüedad, se ha acompañado con flores a los difuntos. Así, se han encontrado muchos ejemplos en tumbas neolíticas o, por ejemplo, en enterramientos egipcios. Incluso, en la famosísima tumba de Tutankhamón se encontraron diversos arreglos florales, que permitieron fechar con precisión la muerte de este faraón a mediados de primavera, por la época de floración de las especies que los componían.

También en la cultura romana se acompañaba a los difuntos con flores, con la pretensión de su renacimiento en el más allá.

Con la llegada del Cristianismo, las ofrendas de flores a los difuntos fueron tomando forma circular, por la creencia cristiana de que Cristo es el centro de todo, sin principio ni final. Por eso, la forma circular de estas ofrendas provenía de un sentimiento de unión con Cristo y la esperanza en una futura vida con Él.

A la hora de elegir qué flores formarán la corona, se suele tener en cuenta el significado que se asigna a cada flor. Las más usadas son:

  • Rosas rojas: símbolo del amor puro y la lealtad. Sin duda, la más usada.
  • Claveles: símbolo de amor, respeto y, sobre todo, admiración. Fueron introducidos en Europa por encargo del Emperador Carlos V, como un regalo muy especial para su esposa, la Emperatriz Isabel, a la que amaba y admiraba con igual intensidad.
  • Gladiolos: cuyo significado es el recuerdo permanente.
  • Azucenas: flores relacionadas especialmente con el corazón y que expresan el máximo respeto.